El presente texto se erige como un sentido y respetuoso homenaje a José “Pepe” Mujica, a quien muchos consideran el Nelson Mandela de Latinoamérica.
Un anarca dotado de responsabilidad moral
Un presidente difícilmente clasificable. Una síntesis singular de campesino ilustrado, político urbano y caudillo a la antigua usanza. Un hombre movido por un deseo profundo de aceptación, que procura evitar el conflicto porque aspira a ser estimado por todos, aunque en ocasiones pierda la compostura y trate con dureza a quienes le rodean. Una figura casi cinematográfica —representada, de hecho, en dos producciones fílmicas, una de ellas dirigida por Emir Kusturica—. A esta caracterización pueden añadirse múltiples epítetos, conformando una enumeración tan extensa como reveladora: el presidente más pobre del mundo, el Mandela de América Latina, el querido “Pepe”, el presidente filósofo, el último héroe, el presidente exótico, el político más sorprendente, el mejor líder del mundo, un orador vehemente, el presidente más radical del planeta, el dirigente más original de América Latina, el sabio de Montevideo, un referente hemisférico, un hombre sencillo, un mandatario intelectualmente honesto capaz de reconocer su desconocimiento con un “no lo sé”, una suerte de Papa Francisco de la política, un presidente exótico y, sin duda, irrepetible, el más honesto de América Latina.

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El Pepe estaba casado con Lucía Topolansky, la compañera de su vida, también exguerrillera, encarcelada durante trece años por la dictadura militar y posteriormente senadora. No tuvieron hijos. Uno de los miembros más célebres de su “familia” fue Manuela, la perra de una sola pata que, en ocasiones, lo acompañaba en actos no protocolares y que falleció en 2018 a los veintidós años de edad. Según Mujica, con su característico humor irónico, Manuela fue el “miembro más fiel” de su gobierno. Cuando, en 2018, renunció a su cargo de senador, El Pepe confesó ante la prensa:
«Hay un tiempo para llegar y un tiempo para partir. El tiempo no perdona ni siquiera a las piedras. Voy a confesarle algo. ¿Sabe cuándo tomé la decisión de renunciar? Cuando murió Manuela. Aún siento su falta.»
El guerrillero — de las armas y de las causas
Siendo aún joven, Mujica empezó a trabajar con Enrique Erro, un político de izquierda muy popular. En 1960, tuvo una epifanía al encontrarse con el Che Guevara en Cuba, en el período posterior a la Revolución. Enrique Erro lo había enviado como delegado uruguayo al Primer Congreso Latinoamericano de la Juventud. En aquella época, marcada por el apogeo de la Guerra Fría, Mujica se incorporó al grupo revolucionario Movimiento de Liberación Nacional–Tupamaros. En un país donde las desigualdades eran (y siguen siendo) menores que en otros contextos, el propósito revolucionario no podía considerarse estrictamente democrático:
«Los tupamaros bombardearon, secuestraron y asesinaron en un intento por transformar el Uruguay democrático en una versión de la Cuba de Fidel Castro.»
El grupo adquirió la reputación de ser una “guerrilla de Robin Hood”, por distribuir entre los pobres los alimentos y el dinero robados a los bancos y a la gente acomodada. Estaba impulsado por la impaciencia de cambiar el mundo, y el proceso democrático resultaba demasiado lento para sostener tal urgencia. El Pepe participó en diversas operaciones de guerrilla. En 1964 fue arrestado por su participación en una acción armada. Posteriormente se incorporó al grupo que intentó tomar la ciudad de Pando mediante un funeral simulado. En 1970 fue nuevamente detenido, tras haber recibido seis disparos por parte de la policía. Consiguió fugarse de prisión en 1971 junto con otros 110 reclusos, una evasión tan numerosa que figura en el Libro Guinness de los Récords. Fue capturado una vez más en 1972, mientras dormía armado y con una granada bajo la chaqueta.
Los ataques violentos perpetrados por los Tupamaros generaron entre los uruguayos una percepción menos romántica del movimiento. En junio de 1973, un golpe cívico-militar puso fin a la democracia, y muchos señalaron con el dedo acusador a los tupamaros. Julio María Sanguinetti, expresidente del país, afirmó que “todos los disparos que dio Mujica fueron contra la democracia”.
Entre huidas y periodos de clandestinidad, Mujica padeció las penurias de la cárcel durante casi década y media, experiencia que marcaría profundamente su vida y su visión política. Las secuelas físicas y psicológicas fueron severas: perdió un riñón y, durante al menos dos años, fue confinado en régimen de aislamiento absoluto, condición que lo condujo al borde de la locura. En aquel entorno de deshumanización extrema, recurría a la improvisación para sobrevivir. Llegó a orinar en botellas de agua, de modo que, tras la sedimentación, pudiera reutilizar el líquido para beber. Inició incluso una persistente lucha por obtener una simple bacinilla. Cuando su madre consiguió llevarle una, los guardias se negaron a entregársela. Sin embargo, un día, mientras sus carceleros celebraban una fiesta, Mujica comenzó a exigirla a gritos. El comandante, avergonzado ante sus invitados, cedió finalmente. Desde entonces, aquel objeto humilde se convirtió en su única pertenencia constante, acompañándolo en cada traslado a un nuevo presidio.
El Pepe fue liberado en 1985, cuando se restableció la democracia constitucional y se promulgó una amnistía general. Optó entonces por abandonar la lucha armada, decisión en gran medida inspirada por Raúl Sendic, líder histórico de los Tupamaros, quien ya durante su tiempo de reclusión había reflexionado sobre la necesidad de emprender una transición hacia la vía política. Un descuido de un guardia penitenciario permitió que Sendic hiciera llegar a los demás reclusos un pequeño papel enrollado con un mensaje inequívoco: “Debemos integrarnos en la lucha institucional y democrática, sin ases bajo la manga”. A pesar de ese adiós definitivo a las armas —al que algunos antiguos compañeros se resistieron— y de su conversión progresiva a los valores de la democracia y de las instituciones republicanas, Mujica nunca manifestó arrepentimiento por su pasado guerrillero. Reconocía que lo único de lo que se lamentaba era de no haber hecho más de lo que pudo haber hecho. Con el paso del tiempo, reinterpretó su experiencia desde una mirada humanista y pragmática, sintetizada en sus propias palabras:
«Éramos hijos de nuestro tiempo, en un mundo que era distinto. Pero no podemos sacrificar la vida —que es casi un milagro— por la idea de que dentro de treinta años tendremos un mundo mejor. Ahora luchamos por los mismos objetivos, pero por otros medios. Vale la pena avanzar despacio, ser perseverante y buscar cambios que amplíen la justicia y la distribución social, sin caer en el camino que conduce a la violencia.»
Filosofía Política Libertaria
En 1994, Mujica fue elegido diputado. Cuando llegó al Parlamento en una scooter Vespa y con un aire sencillo, el funcionario parlamentario le preguntó si “tardaría mucho”. Respondió: “eso espero”. En el año 2000, ocupó un escaño en el Senado, siendo reelegido en 2004 con una votación histórica. Entre 2005 y 2008, se desempeñó como ministro de Ganadería, Agricultura y Pesca. Sus críticos lo acusaron de llevar a cabo “una gestión desordenada que culminó en divergencias con el entonces presidente Vázquez”. No obstante, hubo quienes elogiaron su desempeño ministerial.
En 2009, se presentó a la contienda por la Presidencia de la República. Durante la campaña electoral, algunos amenazaron con abandonar el país en caso de que resultara vencedor. Julio María Sanguinetti, expresidente del país, escribió que temía que “un exguerrillero con aspecto de vendedor de verduras, que se viste mal y habla peor, venciera a un ‘caballero’” (en alusión a su adversario, de nombre Luis Alberto Lacalle). Añadió Sanguinetti:
“Mujica parte como favorito, lo cual no deja de ser preocupante. No por su pasado (…), sino por su presente, por sus ideas erráticas, porque vive en las antípodas del mundo global, porque tiene una concepción despectiva de la democracia, porque dice admirar a Lula pero aplaude a Chávez y viaja siempre que puede a Caracas. (…) ¿Qué nos ofrece (…) el senador Mujica? Un gobierno folclórico, poco apegado a las normas y códigos democráticos, imprevisible, en connivencia con la pachanga populista bolivariana, capaz de tomar cualquier camino, excepto el de la racionalidad modernizadora.”
En los comicios electorales, el ‘caballero’ perdió la contienda. El “sencillo” Mujica fue elegido en la segunda vuelta y asumió el cargo el 1.º de marzo de 2010, desempeñándolo hasta 2015. Adoptó una orientación política reformista, de izquierda, más en la línea de las políticas de Lula da Silva en Brasil y de Michelle Bachelet en Chile que en la de los extremistas populistas como Hugo Chávez. Mujica sorprendió, sobre todo, por su pragmatismo y por su veta libertaria. En agosto de 2014, se definía políticamente “como un socialista, un utópico, un reformista, un socialdemócrata”. He aquí su respuesta:
“La filosofía de mi corazón es libertaria. No me gusta la idea de la explotación del hombre por el hombre. Creo que algún día la civilización humana superará eso de algún modo. Pero ello no significa que sea partidario de la idea del Estado como propietario de todo. No, no, no. No puedo concebir algo semejante. Me inclino más por la autogestión, con todos los riesgos que ello implica para cualquier institución importante. No es exactamente el Estado quien debe administrar las cosas, es el pueblo quien debe hacerlo.”